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Cinosargo






En la presente aproximación a la poesía de Willy Gómez Migliaro hallamos una diferencia un tanto notoria con los anteriores poemarios del mismo Poeta, trabajos donde leímos y comentamos en anteriores publicaciones.

Nos referimos tanto a la forma como también conocemos el discurso en los versos que traen los poemas de sus primeros títulos como Nuevas Batallas, Construcción Civil, Pintura Roja y Lírico Puro. Habida cuenta de que Moridor & otros Poemas fue publicado hace unos diez años atrás, en este 2019 nos ocupa esta reedición llevada a cabo en México. Motivo por el cual es una ocasión perfecta para retomar la mirada del poeta y hacernos de su recorrido, una vez más, para nosotros en la tersura de su lenguaje como también en su constante afán innovador de la palabra en poesía. Supone también una clave lectora, observar su inclinación por depurar que es un recurso más para alcanzarnos su propuesta poética.

El poeta ha llevado sus poemarios por un camino de versos depurados, tanto de estructura como de ritmo acorde. En su amplio recorrido si bien se nota la originalidad en cada poemario entregado, en esta reedición se hace más palpable su ímpetu por caracterizar al personaje, al sufridor Moridor e ir más allá. Consideramos por tanto, que este poemario es el más fresco y cuyo profuso contenido es por el cual ha experimentado más su propia búsqueda sostenida en clave con un lenguaje, esta vez, coloquial.

Adicionalmente y como es una característica reconocida en sus poemarios, el poeta nos da una pista para llevar esta lectura con más ahínco y seguridad al mencionar, como un guiño, ir de un campo a otro. Nuestra lectura parte desde el enfoque de la Semiótica del Discurso con la procura de conseguir y hacernos cargo de lo que comunica en su narrativa, puesto que allá es donde el abordaje es más accesible.


Introducción


La Hiedra en las Paredes.

El poeta nos lleva al encuentro de lo insostenible, hace suya esta narrativa que es la instalación de la muerte donde él se hace uno mismo con un doliente centrado en sí:

«Sus coordenadas luminiscentes definen desiertos»

Partimos desde una primera oposición Humedad/Sequía como sensación de vaguedad mortífera. Asiste a una revisión que cuestiona, la belleza, la poesía. Sin hallar un futuro seguro o aprovechable, o no halla una salida o forma posible de ensayar su propia vida.

Y la vida sigue pero allí donde se acaba el mundo conocido, pinta los confines de la muerte.

No hay un cronotopo y por ello informa un inútil modo de resistencia ante la corrupción de la muerte.

Algo tan Superficial

«Pronto hablará atlántica raspando la lengua de Sicilia»

Estar al borde mismo del abismo al que nos lleva la muerte, esa mirada furtiva nos instala en el lugar de atraco, donde la misma o su mensajera nos detiene.

La muerte se lamenta y solloza sin pausa ni poquedad, su angustia es no vivir ni dejar vivir. Y se ahogará sin remedio en su propio y ajeno mar de desaparecidos, en su amargura.

La calma es para ella como el riesgo de morir. Aquí el poeta es condoliente como si fuera él aquel mismo sufriente.

Constata que, para la muerte no hay un topos, solo se traslada de golpe y éste lleva a la agonía cierta, a una superficie encubierta, como estar en un ataúd ya dispuesto.

El rulemán golpeado

«Suena el peligro en una calle colonial, salitrosa y gris. Hay una especie (…)

Una banda toca desde un estrado de madera (…)

Yo escribía hace años un ritmo de movimientos parecido. Aunque debo decir que los otoñales de este año se le parecen (…)

La nueva fortuna habrá de conducirnos a sus estacionamientos cuando se haga justicia con nosotros»

El poeta se mira a sí mismo como en un juego que se anuncia con golpes o mucha bulla, como si de estar en una timba de ultratumba se tratara.

Se pinta en una incierta ruleta o un carrusel sin música alegre. Maquillado como un jocker de naipes. Resiente su presencia en una ambivalencia que no termina de decidirlo si está vivo o muerto.

«El músico mayor parece cansado, es gordo, con bigotes e hincha sus cachetes cada vez que su saxofón percute ritmos oscuros»

Acaso un interpretante, como si fuera un anfitrión con careta humana y sirve de puente entre su certeza de morir y su angustia de vivir desapegado. Sin estar, está fijo en cada golpe de nueva fortuna, espera una justicia que no llega a los que como él fingen una vida que no es vivida realmente.

Su fortuna está echada, puesto que han sido vistos sus intentos vanos ya sin estrategia, se pudre o se malogra, pero sin odiar (su propia muerte)

El poeta está concibiendo una narrativa de muerte que no termina de llegar, pero que sin estar, tiene certeza de su llegada. El poeta narrativiza un intercambio de posiciones, como pasar de un campo a otro y la frontera lo paraliza y no tiene más remedio que tentar una nueva jugada, estamos frente al ruleman golpeado, o un narratario que es el que completa la jugada.

El Día de la Dignidad

«Siento que mi sobrevivencia empuja un jardín oscuro»

«La gravedad del insomnio me lleva»

Este soñador noqueado en blanco de muerte, este ser insomne resiente la muerte cierta. Se ha instalado una sensación de pesadez como posición durmiente que colmara todos los miembros de un cuerpo con un rictus dominante.

Este moridor es narrado, un signo sin vida real o conocida, desea salirse fuera, ser un alguien completamente ficticio. Sabe que quisiera irse con cuerpo propio aunque sin vida cierta. Está harto de no sentirse vivo.

Se cumple la Promesa

«Desde la esquina de la primera sala, las mesas

de aluminio fueron movidas

hacia el lado donde hubiéramos querido estar»

Matancera, país, territorio, sustantivos como puestos al descuido, son intentos de posicionar un cronotopo o hacer que funcionen como tal, recordemos que pinta un no lugar.

Se ha quedado en el pasado. Con una inalterable mortalidad. Sobre el decurso de aquel otro que procuraba el poder en una relación ya desgastada, a poco de terminarse. La muerte es aquí ingresada como parte interesada en el desenlace de una relación matrimonial, una fórmula que hasta un momento dado funcionaba y que se vuelve contra los esposos. Un orden que se ve removido, el centro de donde se apartaron de ser pareja. Se impone la separación y la poca ilusión acusa «El te ayudó». Este moridor ha destrozado todo lazo concreto entre los dos.

Verano

«Hay mudanza de imágenes»

«Si pasas a otro plano sería descomunal la carga. Regresaríamos solo a terminar de elegir los últimos regalos»

«Hemos visto la felicidad y la muerte. Lo mejor de mi & de ti»

Así que toca apartarse, volver está demás porque sería para continuar en la misma rutina. Se cumple el decreto de la muerte como final anunciado, va a ejecutarlo y así habrá de ser terminado, ya no será más. Habrá finalizado sin oponer resistencia alguna.

La muerte llega como si a instalarse fuera, con título propio de dueña. Mientras que para él será un recuerdo todo, o una noche sin descanso.

Confrontado el poeta con su moridor, cierra aquella ilusión del pasado que no fue o será: «Hemos visto la felicidad y la muerte» como una manera de disolver una empresa fracasada, el uso del ampersan confirma la disolución del matrimonio como si de una compañía comercial se tratara.

Finalmente apreciamos que el poeta ha logrado con gran maestría ejecutar una división de campos donde nos muestra lo que quiere pintar y opone distancia entre lo que describe el texto y propone lo que quiere decir en discurso (enactuado), donde las figuras o imágenes narran aquellos recuerdos que conmueven los sentidos, donde la forma trasluce la entrada del discurso cual si fuera una captura de luz en medio de la espesura del paisaje pintado.


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Fuente:

https://zunila.wordpress.com/2019/12/22/moridor-otros-poemas/?fbclid=IwAR3T61NClsYtcUGoezyMrZUqP8r-72pEW8aDFKXAYajpvVBR8SK23T3IJhE

Dónde adquirir el libro en México

https://www.gandhi.com.mx/moridor-y-otros-poemas





El desmoronamiento

                        “En los mismos ríos entramos y no entramos, (pues) somos y no somos (los mismos).”
                                                                                                                                             Heráclito, filósofo griego

  El poeta chileno Gonzalo Millán en una entrevista dijo que los hechos vitales (los biografemas) sólo interesan en la medida que afectan la obra, que el resto sería literatura para terapeutas. En el último libro de Pedro Mena Bermúdez, “Heráclito”, la prisa pareciera convertirse en la sangre “oscura de Éfeso”, y la biografía del autor hecha carne y vuelta carga como pesada joroba culposa, no quedándole otra que reventar en lenguaje,  mutando en una inquieta bomba de la cual debemos recoger sus fragmentos para leerla. Porque enfrentar la muerte y el alcohol con la escritura es una forma de luchar por la vida. Volverlas esquirlas de lenguaje, para pronto saldar con esos trozos la diáspora lírica y la ironía del cotidiano apocalipsis doméstico o la vida misma.
“Heráclito”, la mente oscura o la bilis negra, trazos de un diario de alcohol-reflexión sobre lo perdido, un texto en espiral en 3 síntomas, donde la infancia es revisitada como algo arrasado, deformado. Las notas al pie exponen susurrantes una que otra indicación y despliegan un diálogo al interior del propio poema. En el transcurso del texto el poeta suele observarse a sí mismo en el oficio de escritor con miedo a qué decir, con la inseguridad de la propia verdad y el consiguiente temblor repetitivo del frasco y del vidrio roto. Así, Pedro Mena Bermúdez va proponiendo el desmoronamiento sujeto al licor que va desmembrando el cuerpo desde  dentro y el espanto del delirio del día siguiente, la nausea.

…y quise huir
lo hice como hombre de botellas

En resumen, el libro “Heráclito, sintomática de una mente oscura” se aferra a distintas estructuras en cada capítulo, como una manía de cavilación desesperada, con la frecuencia solitaria de observarse a sí mismo y ver el paisaje devastado del error. A Heráclito, el filósofo griego, se le atribuye el fundamento de que todo estaría en incesante cambio. El ser se transforma en un proceso de continuo nacimiento y destrucción al que nada escapa. El logos, la previa de la dialéctica, situados en estos poemas de Mena Bermúdez.


Roberto Bustamante, editor en editorial NAVAJA, Iquique, Chile.



http://www.estrellavalpo.cl/impresa/2017/08/30/full/cuerpo-principal/20/



http://razacomica.cl/sitio/2017/03/26/una-catastrofe-para-poetizarla/


Cuando Gonzalo me invitó a presentar el libro que hoy lanzamos,* una de las cuestiones que me inquietaron (y que por cierto no le dije) fue que no soy un gran conocedor de eso que suelen denominar “poesía peruana”. Si leer, como pensaba W. H. Auden, consiste en enfrentarse a aquellas obras a las que auténticamente agradecemos, pues de no habérsenos cruzado nuestra vida sería más pobre de lo que es, podría decir con timidez que he leído a Blanca Varela, a José Watanabe, a Rodolfo Hinostroza. Algunas cosas de Cisneros. Algo de Carlos Oliva, de Roger Santibañez, de Willy Gómez y Mariela Dreyfus. Algún texto de Montalbetti. Y antes, a esa montaña inmensa, ese volcán cubierto de nieve al que los poetas de esta lengua acaso deban subir alguna vez para medirse: el hueso Vallejo, como lo llama Eloy Jaurégui en algún pasaje del libro. De manera que mi mirada no dejó de estar tomada por cierta extrañeza, asombro y hasta diría que goce. Porque el libro editado por Gonzalo también cumple esa función: la de estar construido justamente para ignorantes como yo, a quienes lo más inquietante de la poesía y la historia recientes del Perú se nos manifiesta como las tronaduras de un relámpago tan cercano como distante. (leer más)

Fuente: http://www.scielo.cl/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0718-65682015000300024



Polis vol.14 no.42 Santiago dic. 2015

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-65682015000300024 

COMENTARIOS Y RESEÑAS DE LIBROS
Letras en movimiento. Recopilación de escritos migrantes en Tarapacá  Nanette Liberona Concha y Roberto Bustamante
Ediciones Cinosargo, Santiago de Chile, 2015, 86 págs.

María Gabriela Córdova Rivera
Universidad de Los Lagos, CEDER Santiago, Chile. Email: maria.cordova@ulagos.cl

En palabras de Simmel: “El extranjero nos resulta próximo en la medida en que sentimos que compartimos con él una misma naturaleza nacional, social, profesional o genéricamente humana. Pero también nos resulta distante en la medida en esos mismos rasgos no pertenecen sólo a él y a nosotros sino que son propios de muchas más personas” (Simmel et alia; 2012:25). Es en este juego entre cercanía y distancia donde se produce una tensión específica con el extranjero, la conciencia de compartir lo genérico acentúa al mismo tiempo todo aquello que no se tiene en común, empleándolo como sustrato para la configuración de fronteras simbólicas que trascienden la materialidad de las mismas, “ya no es la línea aduanera, sino el límite de la identidad” (Grimson, 2003)
El estudio de las fronteras  se puede resumir según Grimson, en un doble reconocimiento por un lado las zonas fronterizas además de lugares de cruce y diálogo son también espacios de conflicto, estigmatización, y creciente desigualdad. Por otro y ya desde un ámbito más conceptual, la frontera no se desdibuja al transitarla, más bien persiste como un elemento central en la configuración de la identidad “la comunicación entre dos grupos puede ser el proceso a través del cual esos grupos se distinguen mutuamente” (Grimson, 2003:16).
Existen dos dimensiones relativas a la configuración de identidad por diferencia: una se logra mediante fronteras externas, lo que da como resultado la no-pertenencia a un determinado grupo, la otra se produce mediante fronteras internas, relacionada a la exclusión dentro de un determinado grupo (Simmel 2012; Penchaszadeh, 2008). El libro a presentar,  Letras en movimiento. Recopilación de escritos migrantes en Tarapacá, se origina en la frontera, como realidad fáctica pero también imaginaria construida social y disciplinariamente (Tapia, 2012). En este contexto, la figura del extranjero –inmigrante tensiona el ideario de una identidad colectiva, cerrada, y  “homogénea” que tiende  a erigir el “nosotros” desde la  exclusión, por oposición a ese “otro”, extranjero- ajeno:
“La inmigración sería la que pondría en riesgo de alterar o romper aquella homogeneidad mítica o fundacional, aquella homogeneidad étnica, cultural, religiosa o política, que en realidad nunca existió y que siempre ha estado asociada a posiciones totalitarias y excluyentes” (CeiMigra, 2010-2011:83)

En Chile, estas posiciones son más evidentes debido a la respuesta por parte del Estado a la cuestión migratoria. Durante años se ha operado según la lógica de seguridad nacional y control de flujos migratorios, en el marco de un desfase temporal; debido al desajuste entre la ley de extranjería y el contexto migratorio actual. Las consecuencias asociadas a esta construcción social además de la exclusión e invisibilización de los/as inmigrantes, se traducen en un incremento de actitudes y prácticas racistas y xenófobas por parte de la sociedad de acogida. En palabras de Tijoux quien prologa esta obra “el inmigrante tensiona el imaginario chileno fundado en el proceso identitario de la historia de conflictos políticos y representa negativamente al pobre que ‘quita el trabajo’, al inmigrante que porta el fardo histórico de los negados de Chile y al que amenaza la estabilidad familiar ‘roba maridos’” lo que sin duda repercute en su autovaloración, y lo ubica en un lugar inferior (Tijoux, 2015)
La investigación que desemboca en el libro, se realizó en la Región fronteriza de Tarapacá, caracterizada por concentrar  la mayor proporción de inmigrantes respecto de la población local (9,3%, DEM:2014), su composición pluriétnica y multicultural producto de su cercanía con Bolivia y Perú,  la migración circular y la infinidad de intercambios que van desde los pueblos aymaras a los diferentes grupos que hoy conforman la sociedad tarapaqueña. Desde aquí se aborda la dimensión artística de la inmigración, una temática poco desarrollada en el ámbito de los estudios migratorios en Chile más bien dirigidos a perspectivas sociodemográficas, ciudadanía y trabajo.
Con el objetivo de “desvelar algunas características no abordadas del sujeto migrante y empleando la escritura como un método de acercamiento a ese otro”, Nanette Liberona y Roberto Bustamante se aproximan a su objeto de estudio, y con ello a la búsqueda de escritores/as  inmigrantes con mayor representatividad en la región, (provenientes de Perú,  Bolivia, Colombia y Ecuador). Mediante técnicas de investigación cualitativas: trabajo de campo etnográfico en primera instancia para identificar a  los “creadores/as” y más tarde entrevistas semiestructuradas para conocer parte de su vida, su experiencia migratoria y afición por el género literario, advierten que existe una construcción territorial en las narrativas de los/as escritores/as inmigrantes, a través de la cual se explican sus acciones en el tiempo y el espacio.
Este material resulta sumamente interesante pues de forma sencilla y creativa contribuye a la   investigación social sobre procesos migratorios cada vez más complejos, al develar información desde un enfoque bidireccional; en atención tanto a la población inmigrada como a la población nativa y al ampliar la mirada en los estudios migratorios considerando la dimensión cultural en la incorporación de los inmigrantes a los contextos receptores.El análisis del discurso de los hablantes – en el apartado que antecede a los escritos- permite conocer la relación que establecen los/as inmigrantes con la sociedad tarapaqueña de acogida, indagar en sus expectativas de reconocimiento cumplidas o fallidas, y asimismo comprender el comportamiento de la población nativa.
Rescatando la experiencia migrante a partir de escritos sinceros y  sentidos, en formato de cuento, poesía, relatos de vida, autobiografía y hasta una canción, el libro logra transmitir al lector las limitaciones materiales pero también simbólicas con las que se encuentra ese otro extraño que vendría a tensionar la identidad nacional que se pretende homogénea. La diversidad de voces materializadas en los escritos revela episodios cotidianos de discriminación y diferenciaciones culturales raciales que dificultan  la convivencia plural en la sociedad. Como lo explica la autora Nanette Liberona: “la movilidad humana se despliega en prácticas socio-espaciales que construyen territorio, por eso la escritura migrante nos puede ayudar a identificar de qué forma ese territorio tarapaqueño va adquiriendo nuevas identidades”.
Los relatos de las y los escritores/as inmigrantes están atravesados por la vulnerabilidad social y económica propia de la condición migrante, distanciado de los afectos, desprovisto de certezas respecto a su bienestar y el de sus familias en origen, y desarraigado, no logra identificarse complacidamente con quien en su momento fue, ni  tampoco con quien es hoy en tierras lejanas, tal como se expresa en el siguiente poema:

“Nadie sabe sobre su vida,
Ni ella misma,
Nadie sabe cómo vive, ni que bocados prueba cada noche
Nadie sabe dónde duerme, ni sobre ¡que! descansa su cabellera roja…
 …¡Nadie sabe! ni siquiera ella
 Qué hace aquí…y no allá
 Allá de dónde ella es”

La Extranjera, Lorena Zambano



Bibliografía
Ceimigra (2011), Informe Anual sobre Migraciones e Integración. Migraciones y procesos de empobrecimiento, marginación y exclusión social.  CeiMigra 2010 – 2011.         [ Links ]
Grimson, A (2003), “Disputas sobre las Fronteras” en  S. Michaelsen y D. Johnson (comps) Teoría de la Frontera. Los límites de la Política cultural, (pp.13-23) Editorial Gedisa, Barcelona.         [ Links ]
Penchaszadeh. A (2008), “La cuestión del extranjero. Una mirada desde la teoría de Simmel”, en Revista Colombiana de Sociología, Nº31, Bogotá, pp.51-67.         [ Links ]
Simmel, G; Schütz, A; Elias, N; Cacciari, M y Sabido, O (2012), El extranjero:ía del extraño. Editorial Sequitur, Madrid.         [ Links ]
Tapia, M (2012), “Frontera y migración en el norte de Chile a partir del análisis de los censos de población. Siglos XIX- XXI” en Revista de Geografía Norte Grande, 53: 177-198        [ Links ]


Postales Mecánicas
Malebrán, Juan. Entretenciones Mecánicas. Ediciones Cinosargo. 2016.
Como si el entusiasmo fuese un freno
Que se pudiera pisar adrede

Vayamos al punto y dejemos que los sabios y académicos dicten si el texto de Malebrán sobrevive o no a su mirada. El tipo, en apenas un pequeño puñado de hojas, enlata la rabia y el tedio de siquiera salir a la calle. No hay tristeza ni lloriqueos, destila furia, ganas de vivir, de putear las cosas, chuparles la savia. No sé por qué, pero al final me quedó la imagen del mandril que nos ve desde los barrotes del zoológico: no importa si va o se queda, nosotros somos la nueva postal que pasa como los caballitos del carrusel.
Siempre me han gustado los libros de viajes, igual eso hace que lo disfrute más. Me recordó a Alexander Trocchi. No en el uso de drogas y eso. Por actitud y capacidad para exponer con claridad la emoción y la sensación que produce el poner los pies en el camino. Otra referencia que encuentro es el Panegírico de Guy Debord: limpieza en el lenguaje y feeling como la voz de Otis Redding.
Malebrán hace uso del cuaderno de notas y lo hace versos, respiración, para transmitir otra forma de aventura, de humor cáustico a la risa comprada en abonos.
Pasar la tarde mirando a los surfistas
Sumidos en sus intentos de mantener el equilibrio

Después de eso no puedo más que aceptar que somos bien pinches aburridos. Reitero, ¿cómo nos verán los monos del zoológico? Miles de años para tratar de mantener el equilibrio, el justo medio que no va a ningún lado. No sé qué somos, pero sí causamos lástima y risa. Malebrán se sube de espaldas al caballo, se pone una máscara del tamaño de su nariz y nos apunta con el dedo. Pero primero pone su cabeza en el cadalso, se burla de sus manías y costumbres para ocultar su carcajada de sus pares humanos. No tiene piedad. Ah, el pretexto es el viaje, la postal que compramos o la foto que enseñaremos a los amigos.
Nos dijeron: comed al aire libre
frente al reflejo de la nieve
y las tejas sobre el lago

Con tan poco elementos bota la aparente civilización, lo complejo que presumimos. Un grupo ridículo de humanos devorando algo. El texto en apariencia, devora espacio, lugares, sin embargo devora tiempo. No le importa la estadía sino la frecuencia donde ocurre ese momento de claridad pura de la observación.
Un transbordo a medianoche
cuatro mil metros bajo la presión de tener demarcado un destino:
la misma casa que viste desplomarse la mañana del sábado

El libro es un conjunto de retazos de fotografías, de mementos coleccionables. No hay razón para seguir, creo que deberían leerlo. Y un por un momento, dudar de lo que esta vida nos ha ofrecido, de poner en duda. Ser un poco simios viviendo con otros simios que pagan mucho en la peluquería.


Francisco Rangel


Fuente: http://www.eltelegrafo.com.ec/cartonpiedra/noticias/edicion-n-271/1/la-larga-herida

Bajo a La Marín por la calle Chile, uno de los recorridos más feos del mundo a esperar el bus de regreso y todo, solo para hacerlo mismo al día siguiente: el hartazgo como una hamaca en la garganta del gallo más méndigo del alba. Aquí, donde el corazón es un motel de termitas y alacranes badeas andinos, aquí, donde fulgen muertas las calles en la capital más andina del planeta y son tan vivos los cementerios el domingo a las 6 de la tarde: eso es Quito. Y es domingo. Y llueve. Y veo la niebla cabecear en las ramas secas.

Andrés Villalba Becdach, ‘Adictos al acorazamiento andino’, No mueras joven, todavía queda gente a quien decepcionar

El rostro del desánimo en la poesía de Andrés Villalba: aquí todo ya ocurrió, el presente es un extenso paisaje devastado, un territorio brumoso en el que casi nada se mueve porque todo ha sido destruido. Quizá solo la niebla que cabecea sobre ramas muertas, algún perro ciego que ronda, un caballo hace mucho perdido, salvan a estos espacios de convertirse en instantáneas por siempre detenidas.

La voz de estos poemas, rondando en todo momento un límite del dolor, se mira en el espejo del infortunio para lanzar una carcajada excesiva, a veces grotesca. Actúa como quien ya no tiene nada que perder. Es dura, durísima consigo misma: «Qué tristeza dármelas de payasito con todos: sangran el esfínter de tanto reír, pero soy incapaz de sacar una sonrisa a la persona con quien vivo, duro, duermo y muero, solo avivo su mohín y desprecio. ¿Por qué le tengo tanto miedo?»

Entre lo prosaico y el desarreglo de esa continuidad que la prosa presupone, se crea la imagen devastada de una cotidianidad rota, trizada, irreversiblemente estropeada, que se forma de pocos elementos con la destreza provista por un dolor agudo y continuado, una certeza lacerante de fracaso:

Queda seguir de tozudo con este tráfico ilícito de páginas gastando tinta, llenarnos de arrugas hasta desempolvar el puñal, hundirlo en todo eso que fuimos cuando los pájaros sufrían castrados en nuestras manos. Y otra vez la lluvia de Quito a las 6 de la tarde, las moscas de granito, el trapeador en la cabeza, la tristeza, el brillo del cepillo de dientes que me regalaste, todas las puertas que rompimos porque siempre perdimos las llaves. El terraplén. Y el camal donde conseguí trabajo solo para aprender a llorar.

«Queda»: el verbo como índice de devastación; tras el paso destructor de la desgracia (desgracia modesta pero definitiva, de la que no hay vuelta: la asfixia de la ciudad, la escasez material, el fracaso amoroso, el destino doliente de la genealogía que precede y que, fatalmente, ya encontró su línea de continuidad) para el sujeto de este universo poético no hay más que un paisaje (al que es adicto), un movimiento en línea recta, seguir en el derroche de tinta, en el recorrido diario, en la constatación del (auto) desprecio; perseverar en los automatismos y en las heridas auto infligidas como los recursos últimos para sentir la textura del mundo. Hurgar en la herida para profundizarla porque cuando deje de sentirse todo estará perdido; hurgar en ella para que aún el dolor haga patente la vida.

El paisaje doloroso que elabora Villalba (su humor es, quizá, una de las formas más crispadas y descolocadas de la agonía) tiene la calidad ambigua de lo que ya no está expuesto a la contingencia (pues todo ha ocurrido ya) y permanece pese a todo: como si hubiera inventado la ciudad que vive su propia muerte como eternidad iterativa, que vive el purgatorio que es saber que la restitución de la falta es imposible y también lo es el reposo de la inconsciencia. La bruma y la lluvia caen sobre Quito, que se obstina en extender la hora de su crepúsculo para que no existan el día ni la noche, y ahí, en ese espacio sin contrastes, en ese limbo de luz imprecisa hecho solo de distancia con respecto a todo lo querido, unos pocos entes que deambulan desorientados, acumulando capas de desánimo: «has vuelto caballito/ no me sigas/ no seas tozudo// yo también estoy perdido».



Fuente: http://razacomica.cl/sitio/2016/12/13/un-incendio-forestal-en-el-barrio-alto-de-la-narrativa-chilena-budnik-de-juan-carreno/

/ por Flavio Dalmazzo

Es abril del año 1968. En Besançon, una localidad situada al este de Francia, Chris Marker y Mario Marret organizan un decisivo encuentro donde exhiben a la comunidad y a los obreros de la fábrica textil Rhodiaceta el filme À bientôt, j’espère, que trata sobre la huelga emprendida por estos el año anterior. Pese a que varios de sus protagonistas, ahora espectadores, han participado en la realización de la película, las imágenes desatan pifias y bronca entre los asistentes. Muchos abandonan la sala, mientras que otros confrontan allí mismo a los realizadores. Marker sale al paso invitándolos a un conversatorio tras la proyección, donde puedan discutir y manifestar sus reparos con claridad: ¿habían sido explotados por los directores?, ¿acaso eran así, serviles y casi mudas, como aparecen en el filme, sus compañeras?, ¿contribuían esas imágenes al fortalecimiento del sindicato, a la emancipación de la clase obrera?, ¿podía Marker efectivamente, y sin romanticismo, dar cuenta de la lucha llevada a cabo? Tales cuestionamientos, y la respuesta que él pudo con honestidad ofrecer, son grabados, y el registro sonoro se transforma en una segunda obra: La charnière, gozne o bisagra, punto de inflexión. Fruto de este debate es que se crea, con la ayuda de Marker y otros técnicos, un inédito grupo de cineastas proletarios, quienes comprenderán al cine como una nueva arma, como un alzamiento por la toma en el terreno de las imágenes: acción directa, ya no se tratará para ellos de ser meros objetos ante una cámara, sino de hacer películas políticamente, en una experiencia de autogestión visual y trabajo colectivo. Porque quien filma pertenece siempre al exterior; mientras ahora, en cambio, igual que en la lucha por su liberación, la representación y la expresión del cine sería obra de ellos mismos. Así nace el primer grupo Medvedkin, cuyo nombre homenajea a ese enorme obrero de las imágenes que durante los años treinta deambuló por los pueblos de la estepa rusa arriba del Cine-Tren, maquinaria cuyos vagones eran estudios y salas en los que se grababan, montaban y exhibían filmes creados por y para el pueblo, retratos in situ de la esforzada vida en los koljós, sin mediaciones, en una poética a ras de suelo, itinerante y comunitaria.

Budnik (Cinosargo, 2016), la primera novela de Juan Carreño, comienza precisamente saludando este gesto en el “manifiesto Medvedkin”, cuya proclama es que “la imagen de nuestro tren sea la señal del ensañamiento e insurrección” y los filmes “el pan negro de la Interzona”. Se trata de una novela que es, a su manera, un poderoso manifiesto contra la domesticación neoliberal, una nueva bomba o fierrazo, y sobre todo el guión de una película imposible, cuyo montaje insolente, vertiginoso y dislocado convoca a un sinfín de voces/tomas que se suceden con un preciso centro de gravedad: el Frente ContraCine, sujeto colectivo y acaso el verdadero protagonista del libro. Este grupo de guerrilleros de la imagen, delincuentes en potencia, amigos y amantes curtidos en el abismo, el hambre, la disfonía y el riesgo, se plantean como objetivo nada más y nada menos que refundar la vida a través del cine, en un territorio corroído por el micro-fascismo, la desolación y la vileza: la Interzona, espacio tan real como imaginario, suerte de campo minado, algo así como nuestro Alepo: acceso sur, Bajos de Mena, villa El Volcán, avenida Juanita y La Pintana conforman una distópica geografía donde entre escombros, balazos y gas metano merodean post-evangélicos militantes, ortodoxos rusos, mormones milenaristas, hordas de viejas UDI, universitarios en turismo social, pastorales y pasteros. Tierra quemada, basural habitacional –y léase acá: políticas de vivienda de la Concerta, casas Copeva, Pérez Yoma & Co– donde el país deja de existir, donde el progreso resuena como una ficción lejana.

Aquí surge la historia de Daniel SS (homenaje y seña al Pejesapo). Reescritura del Luchín de Víctor Jara o quizá de los niños de Kiarostami, Daniel es un cabro solitario y pelusa que acaba viviendo de los desperdicios de la sociedad de consumo, en un tonel de cemento marca Budnik. A medida que repasa algunos episodios de su vida –una vida marcada por el caos y el abandono–, el tono confesional de su voz, al mismo tiempo pilla e inocente, va dando paso a la lenta aparición de un tú al que interpela, un otro que lo filma (más adelante sabremos que se trata de Jorge Cuminao, miembro del Frente) y que invade su espacio íntimo, que lo sapea: “Yo no quiero que sigas haciendo la película. No quiero que vengas más. Porque no po. Nadie me puede obligar… La edición me importa una pichula… Metete los videos en la raja”; “Después hice algo que no te voy a contar, porque al toque te digo que no te lo voy a contar todo, porque no estoy ni ahí con que cualquier culiao cómodo en su casa pueda ver esta película”, protesta. Es interesante esta interrupción, esta resistencia de Daniel a volverse imagen. Como los obreros de la fábrica con Marker, él toma consciencia de sí en el ojo ajeno –ojo colonizador y dominante– y a ratos se subleva poniendo en jaque la representación, la posibilidad del cine.

Una interrupción semejante retorna más adelante en la novela. Ana es una actriz que ha decidido romper con su vida rastrera de garzona para ingresar al Frente. En una especie de diario de guerra interna, ella va escribiendo su crisis, sus sueños de amor y venganza, las peripecias con sus nuevos compañeros y sus ideas sobre filmes incendiarios que han de desatar la insurrección inmediata de todos los basureados por los dueños de Chile. Pero a Ana le cuesta quitarse sin más la actitud televisiva y burguesa cuando crea su primera obra, en la que filma precariamente a un pordiosero de la calle, reproduciendo la rapiña pornomiserable de la imagen. Entonces, uno de sus compañeros frentistas, el mismo Jorge Cuminao, la increpa: “¿a qué público le puede impactar la miseria?, a los pobres la pobreza no nos impacta… la mayoría de los cineastas latinoamericanos viajan por el mundo, en distintos festivales de cine, a costa de retratar la miseria de sus países, sin ningún intento de intervención o complicidad real con esas personas más allá de robarles la imagen en una transacción desleal”. El cine como robo, como transacción desleal. Como un acto carente de amor. Podríamos decir que todo Budnik se rebela contra esta práctica que capitaliza la realidad, como si operase con objetos desechables. Ante ello, la estrategia es tajante: la autoexpropiación como estética y consigna, como una ética a contramano de la enajenación y el individualismo, como amorosa entrega a lo colectivo. Así, Ana rectifica, se sume en el trabajo del Frente y de su crisis personal emerge como una orquídea rabiosa en el basural del neoliberalismo, forjando otras imágenes –imágenes otras– que han de fundar la “nueva historia política del país”, como la de un Chile inverso donde la pasta base es legalizada y consumida por el Ejército, por la Federación de Criadores de Caballos y por un Techo para Chile, mientras el pueblo armado controla los medios de producción y escribe los mejores poemas, las mejores versiones del siglo XXI.

Pero Budnik es además el registro del Festival de Interzonas (anverso del FECISO) y el catálogo fílmico del Frente ContraCine (anverso de la Escuela Popular de Cine). Es también el descarnado coro de “los sueños del volcán”, donde los infames Pérez Zujovic y Vadim Budnik, los rusos ortodoxos encomendados a reconstruir un templo a la virgen de Kazan, una dueña de colegios adventistas, los infectos con la enfermedad de Kawasaki, los miembros de la Vanguardia Organizada del Pueblo y los asesinados en Pampa Irigoin entremezclan sus voces en un corrosivo cuadro cubista, al son de un reguetón que marca el compás de los corazones, igual al tambor de un “barco fenicio repleto de esclavos”, en medio de escombros, perros y pasturrientos, entre amor de blocks y tagadá sudoroso, hacinado.

Creo que Budnik puede leerse como la novela de una política por venir. Como una declaración de amor y enfrentamiento, como los esbozos de una nueva concepción de la imagen y, por ello, de la vida: donde la lealtad, la complicidad y el festejo se propagan por los eriazos, donde el movimiento es “información y belleza, como poder tocar el fuego o acariciar un tigre”, donde la sangre vuelve a correr por las venas del territorio. Como un manual de uso, la caja de herramientas de Carreño, que se expone y nos expone las piezas de su imaginario vital y escritural, ajeno al cálculo y a esa cosa ondera y cínica que abunda en cierta narrativa reciente. Un imaginario fuertemente colectivo, fraguado a punta de coraje y persistencia, en gesto de entrega total.

Creo que Budnik puede leerse también en la estela de Cristóbal Gaete y de Cristián Geisse, por pensar al vuelo en dos escrituras donde comparece algo así como el revés salvaje y filoso de lo real. Y en el timbre insumiso del viejo Carlos Droguett, quien por el año 71, mismo año en que la VOP cobraba Pampa Irigoin acribillando a Pérez Zujovic, escribía: “Opino, pues, reiteradamente, que la literatura chilena… vive de espaldas a la realidad chilena, no sólo la realidad histórica sino la realidad no escrita, desgraciadamente no escrita, que pasa por ahí afuera en estos momentos o que pasará mañana o esta noche cuando baje el viento de los cerros”. Budnik no da la espalda, mira de frente, con actitud leporina, y escribe lo no escrito, celebrando la hermandad de una neoguerrilla que busca –cómo no– reinventar el amor, a través de las imágenes.

Imagino entonces así, como el viento quemado bajando de los cerros, la primera novela de Juan Carreño: un incendio forestal en el barrio alto de la narrativa chilena.





Fuente: http://www.eltelegrafo.com.ec/cartonpiedra/noticias/edicion-n-271/1/el-oficio-del-perdedor-que-escribe-versos

La editorial Cinosargo de Chile hace apuestas cada vez más interesantes en sus publicaciones. Para finales de 2015 sacó la primera edición del libro No mueras joven, todavía queda gente a quien decepcionar, un libro que demuestra de forma corrosiva y contundente por qué la poesía de Andrés Villalba Becdach (Quito, 1981) es una de las más importantes de Ecuador.

En el libro hay una exploración formal y temática que aborda el poeta haciendo de lo cotidiano y del fracaso su escenario primordial. Aquel que solo existe en la medida en que la biografía logra ser capturada con juegos irónicos y diatribas contra el trabajo y la poesía. Existe una burla constante sobre el oficio del perdedor que se arroja a escribir versos como única forma de seguir en la letanía que significa vivir en un páramo andino que es incapaz de verse a sí mismo.

La poesía de Villalba Becdach, lejos de toda pretensión, ronda los espacios de la prosa poética, el verso libre y la autobiografía con el fin de redondear un personaje (quizá él mismo o nosotros a través de él) que no puede ir más allá de sus posibilidades y se arroja tanto a las mujeres y sus dudas como al alcohol y sus desvaríos, para finalmente volver al origen: la palabra escrita como fórmula y señal de la imposibilidad de hacer algo que beneficie al resto. La poesía no salva a nadie, ni siquiera a su propio autor. La poesía no es más que un juego que quema y sin embargo, es imposible salir de él.

Al leer el libro de Villalba Becdach, el lector se acerca a la historia de Ecuador, se acerca a las migraciones árabes y españolas que han llegado a esta parte del territorio andino, se percata de la imposibilidad de la verdadera amistad y sonríe frente a la mirada casi sardónica sobre el universo falseado de la seducción femenina. La ironía, la risa, los guiños poéticos y las penitencias familiares cobran en este libro un valor más que importante. Forman una constelación que nos hace pensar que la poesía ha dejado de ser un acto solemne y que puede reírse de sí misma. En cada verso de Villalba Becdach está latente esa frase que dice: «si no es con dolor, no sirve». Parece ser que el poeta en este caso se arrastra por las hebras de la vida y reconstruye la palabra para hacerla lo más prosaica posible, porque sabe y entiende que solo de esa manera el mundo podrá ser nombrado.

El mundo del peregrino y del perdedor es, al final de cuentas, nuestro mundo. Ese mundo es propiedad de este libro, su escenario donde en un intento ciertamente intermitente, el mismo autor se va reconstruyendo y fantasea por ello con la salida: la liberación. Pero ella no es posible porque el poema aún no está terminado y porque, sí, aún hay gente que cree en el poeta (al menos de momento y ya habrá tiempo para decepcionarlos). No mueras joven, todavía queda gente a quien decepcionar es un libro que poco a poco podrá abrir caminos sobre la forma en que se puede seguir escribiendo poesía en estas regiones no tan transparentes.




http://xn--campaadelectura-2qb.com/revistaRocinante/ediciones/rocinante_96/index.html#58





Fuente: http://letras.s5.com/jcar160816.html


BUDNIK : EL MONTAJE DEL “YO VEO”
“Budnik” de Juan Carreño, Cinosargo Ediciones, 2016

Por Alejandro Cabrera Olea


Budnik, de Juan Carreño, es la historia de Daniel, Jorge y Ana.
Budnik es un manifiesto, un libro de sueños, un manual de guerrilla urbana, un catálogo genial de películas alucinantes, la biblia de una nueva religión, el relato de una guerra santa. 
Budnik es una crónica, la crónica de un NOSOTROS, el Frente ContraCine, y como tal, es un documento feroz, violento y amoroso sobre el cine, sobre una forma de hacer cine y en consecuencia, sobre una forma de ver la vida.
¿Pero qué forma de hacer cine?
¿Y cuál vida?
En lo que se refiere al cine, se establece en Budnik desde el comienzo la filiación al manifiesto de Aleksander Medvedkin, cineasta soviético de principios del siglo 20, que recorrió su país en el tren del cine registrando documentos fílmicos y exhibiéndolos a los miles de habitantes y trabajadores de la revolución. Al respecto, Medvedkin señalaba que gracias a su trabajo y su ejemplo, “en diferentes partes han ido surgiendo pequeños estudios obreros donde se han hecho películas cortas sobre la lucha de clases, sobre la justicia social. El tema, por ejemplo, podía ser: ‘Cómo pasa sus vacaciones el dueño y cómo descansa un obrero’. Nuestro trabajo”, decía, “fue utilizado por Chris Marker y luego aparecieron grupos de este tipo en Chile. Mis amigos de allá (de acá) trataron de verdad de utilizar estos métodos.”
Esto hasta el golpe de 1973.
Pero a Medvedkin, yo sumaría la presencia en Budnik de otro glorioso ojo-fantasma: 
Dziga Vertov, pionero de un nuevo cine soviético en el que poco después aparerecían Kuleshov, Pudovkin, Eisenstein y Dovzhenko. 
La gracia de Vertov es que hace casi exactamente 100 años atrás impulsó con su idea del cine-ojo un movimiento renovador en las artes que fue coherente con la otra renovación mayor en lo social y lo político. Su línea de trabajo fue muy personal, porque, como los integrantes del Frente ContraCine de Budnik, Vertov postulaba un tratamiento cinematográfico de la realidad inmediata, llevando esa intención al nivel de toda una doctrina estética.
Cito algunas frases de sus manifiestos incendiarios:
1.”El cine-ojo es el cine explicación del mundo visible, aunque sea invisible para el ojo desnudo del hombre.”
2.”El cine-ojo es el espacio vencido, es la relación visual establecida entre las personas de todo el mundo, basada en un intercambio incesante de hechos vistos, de cine-documentos, que se opone al intercambio de representaciones cine-teatrales.”
3.”Ahora no sólo se puede hablar del grupo, no sólo de  la escuela del cine-ojo, no sólo de una parte del frente, sino incluso de todo un frente de ‘cine documental sin actores’.”
4.”Al sumergirse en el caos aparente de la vida, el cine-ojo intenta encontrar en la vida misma la respuesta al tema tratado.”
La vida misma.
¿Cuál es la vida misma de Budnik?
Juan Carreño la instala en un Santiago actual, pero visto desde una especie de futuro post-apocalíptico o de post-guerra, donde sólo se escucha en la calle la infinita repetición de camiones distribuidores de gas licuado, y donde las antenas de directiví han quedado abandonadas en los blocks. 
Hay una imagen bellísima y potente que ilustra esta idea: “cuando las micros amarillas de la Zona F del Transantiago descansan en una plataforma lunar, rodeadas de torres de alta tensión pintadas de rojiblanco y de fábricas cementeras que codean con desperdicios a los más alejados. Veo los peajes de la carretera y a mi sombra en bicicleta arrimada a la costra de la ciudad y al progreso, pura basura a la entrada de los ojos.”
Santiago, año 0, podríamos decir, aludiendo a la película neorrealista, post segunda guerra mundial, de Rossellini. Así es esta vida. Santiago, año 0. Acceso sur. (Curioso que Santiago se acabe en un acceso. Curioso, y terrible.) Carreño dice que Santiago ahí se acaba. “Porque hay queltehues. porque hay queltehues y álamos. porque hay viento. atravesar este espacio, donde la memoria es como un basural, es como recorrer la biografía de un día que perfectamente no le puede importar a nadie.” (Estoy apropiándome de frases del libro para armar mis propias frases. No se me puede juzgar por eso. Budnik promueve la toma y la expropiación. No por nada aparece aquí la Pampa Irigoin). 
La vida en este Santiago acceso sur es dura, y principalmente es ruina. 
La ruina que quedó tras una secreta guerra santa donde las huestes del Protopresbítero, el Hieromonje y el Archimandrita rusos ortodoxos, se enfrentaron a los ejércitos adventistas, evangélicos, mormones, una guerra donde el Frente Armado de Testigos de Jehová fue abatido en la Batalla de Bajos de Mena en el 2019 y tras la cual se legalizó la pasta base y surgió el primer presidente evangélico de Chile.
El autor, al modo de un corresponsal de guerra, en este caso, un corresponsal de post-guerra, nos cuenta que sueña con cabezas nucleares durmiendo como fetos de ballena fosilizados debajo del block, y compara el escenario el que se mueven sus personajes con una versión hacinada del sacrificio, donde la sangre escurre por los peldaños del block como lo hacía por las piedras escalonadas de la pirámide ancestral.
Sobre este telón, Carreño mezcla en una amalgama promiscua palabras y nombres tan disímiles como Caterpillar, Bajos de Mena, Vuelta de Cachencho, El Volcán, Heriberto Salazar, Síndrome Kawasaki, Petroflex, Quitalmahue, Francisco Pérez Yoma, Kate Durand, Ronald Rivera Calderón, Baris Ratkevicius, La Parva, Hans Pozo, Copeva, Felipe Camiroaga.
Y siempre, o casi siempre, en la hora más melancólica de la tarde.
Ahora, ¿quiénes narran esta VIDA? 
¿Quiénes la viven?
Son tres:
1.Daniel P.P., un niño que vive en un tubo de concreto marca Budnik. Ahí tiene su taller de dibujo, su guarida, su escondite, como lo tuvieron hace muchos años hombres, mujeres y niños que dormían en tubos de similares características fabricados por la empresa “A. Torrant”, que les entregó techo y también el apellido de atorrantes.
2.Jorge Cuminao (o Jorge Budnik), que acampa tres días en los block vacíos de El Volcán, los que están por demoler, según él “como para sentir el vacío de la identidad del gas metano, el resignificado de la expropiación”, y que experimenta sueños alucinados. “soy ruso”, dice, “me llamo Jorge Budnik y mi abuelo, el cual publicó un libro de poesía y fue un héroe durante la guerra civil, está enterrado ahí”, en el Cementerio Ruso de Santiago.
3.Ana Rosa Tapia, que vive en el paradero 30 de Santa Rosa, en Venancia Leiva, en un departamento, sola, huérfana y ex trabajadora, “actriz, 26 años, sin trabajo teatral hace más de dos años, dos años de garzoneo partaim hasta el día de hoy”. Ana pasa una temporada en el invierno, se propone no meterse a feisbuc borracha, y despotrica contra Sanhattan, según ella “la punta de lanza, la punta de un pico donde se solazan los dueños de todo”.
A partir de estos tres personajes y sus relaciones, Juan Carreño nos sumerge entonces en la historia final de un colectivo, un NOSOTROS, el Frente ContraCine, donde participan Daniel, Jorge y Ana. Esta historia se relata, primero, a través del recuento de los diferentes Festivales de Cine de Interzonas que ha organizado el Frente ContraCine, y segundo, a través del catálogo de las diferentes películas o “samizdat” que se han realizado ahí y que son exhibidas no sobre sábanas blancas estiradas, sino al vacío, al universo y a las estrellas, desde animitas de la calle convertidas de noche en proyectoras de las vidas de los muertos. En esta parte es donde la novela se convierte en crónica y manifiesto, con todo el lenguaje, nomenclatura, purgas, resentimiento, violencia, agresividad e intolerancia que se espera de cualquier colectivo incendiario y subversivo que se precie de tal. 
Así, escuchamos consignas como: 
“En el hampa está la cuna de la revolución.”
“A apropiarse de LA VIDA”.
“A autoexpropiar las imágenes propias, autoexpropiarse en venganza por todas las imágenes que mostraron al proletariado sumiso y servil al patrón”. 
“No a la belleza y la perfección”.
“¡A lobotomizar la unidimensionalidad de la realidad!”
“¡Que muera el hiperrealismo! ¡Que viva la VIDA!”
“Herederos de Medvedkin y Víctor Jara: ¡A LA CALLE! En memoria de todos los compañeros caídos: hermano Basura, hermana Carolo, hermano Rancherito, ¡PRESENTES!” 
Y es aquí, finalmente, donde los miembros del Frente ContraCine, Daniel, Ana y Jorge entre ellos, se emparentan con esos otros hombres y mujeres de la cámara de la época de Dziga Vertov y Medvedkin. 
Esos kinoks de ayer son los budniks de hoy, y sus consignas renacen más vigentes que nunca. 
A saber: 
“Nos llamamos los kinoks para distinguirnos de los ‘cineastas’, hatajo de ropavejeros que apenas logran encubrir sus antiguallas”.
“Nosotros introducimos la alegría creadora en cada trabajo mecánico, asimilamos los hombres a las máquinas”.
“Educamos hombres nuevos”.
“El hombre nuevo, liberado de la impericia y de la torpeza, que tendrá los movimientos precisos y ligeros de la máquina, será el noble tema de los films”.
“No olvidamos ni un solo instante que la silla está hecha de madera y no de la laca que la cubre. sabemos perfectamente que la bota está hecha de cuero y no del betún que la hace brillar”.
“Qué horror, dirán, son zapateros y no cineastas. Pues que se nos den más zapatos de esta clase y todo irá bien”.
“Al diablo el betún, al diablo las botas embetunadas, que se nos den botas de cuero. Alineaos con los kinoks, primeros cine-zapateros soviéticos”.
“Hemos sido los primeros en hacer films con nuestras manos desnudas, unos films quizá torpes, palurdos, poco brillantes, unos films quizá un poco defectuosos, pero en todo caso unos films necesarios, indispensables, unos films dirigidos hacia la vida y exigidos por la vida”.
“Los kinoks se han fijado como objetivo la organización de la vida real...”
“Para los kinoks (y los budniks), el campo visual es la vida; la materia de construcción para el montaje es la vida; los decorados es la vida; los artistas es la vida”.
“Nosotros definimos la obra cinematográfica en dos palabras: el montaje del ‘yo veo’”.
Yo veo.
De eso se trata Budnik. De eso nos habla Juan Carreño en esta novela apocalíptica y torrencial que finalmente es un canto de amor a la imagen y a un colectivo que, como dice Aleksandr Medvedkin al referirse al tren del cine, “era bueno y se componía de gente interesante. Jóvenes entusiastas y románticos, hombres abnegados. Trabajaban de quince a dieciocho horas al día y a muchos yo tenía que sacarlos de los talleres, de la mesa de edición, de los laboratorios y obligarlos a dormir un rato, porque ya se tambaleaban del sueño. Todo era interesante”.
Como en Budnik. 
Aquí también, todo es interesante.






Fuente Original: http://www.elguillatun.cl/columnas/todas-las-hojas-son-del-viento/nuevos-horizontes-marginales
Los dos libros que justifican estas páginas vienen a situarse en lo que se conoce como literatura marginal. En Chile este tipo de literatura tiene un amplio frente, es una verdadera tradición, una corriente de la que forman parte grandes genios como Manuel Rojas o Nicomedes Guzmán, y que luce a tipos notables aunque desconocidos como Luis Cornejo o Alfredo Gómez Morel. Gente que asumió la creación literaria como una responsabilidad de «hablar por los sin voz».
Sin embargo, no debe pensarse que este tipo de literatura se agota formalmente en ciertos realismos de bajo fondo, en los crudos testimonios que siguen la senda de «El Vaso de leche» manuelrojiano. Pienso en Carlos Droguett por ejemplo, con esa escritura densa y de largo aliento, introspectiva, proustiana, y que nos habla magistralmente de la pobreza como delito y como deformidad enEloy y en Patas de perro. O Pedro Lemebel, retratando en su barroco sudaca la miseria del gueto homosexual, del marica proletario de la pobla. Está Juan Radrigán y la verdadera legión de parias y miserables que caminan poéticamente la patria de toda su obra dramatúrgica. Y están, entrados en el segundo decenio del nuevo milenio, algunos autores inmerecidamente poco conocidos que han pulsado esa misma cuerda buscando sacarle nuevos sonidos, como Francisco Miranda (Perros agónicos, Salvatierra) o Cristian Geisse (Ricardo Nixon School). Me quedo corto en el listado y pido disculpas por las omisiones, pero lo cierto es que Felipe Reyes y Juan Carreño se suman a él.
He tenido que entrar así, pensando en voz alta cuáles son las familiaridades que resuenan en estos libros, porque yendo al grano, me resultó inevitable pensar, al leer Corte de Felipe Reyes, evocar el ya mencionado Eloy de Droguett, por ejemplo. El libro narra el duelo entre dos delincuentes a cuchillo abierto, y mientras se suceden los embates y estocadas, vamos entrando en las biografías de ambos contendores. No es posible decir mucho más porque se corre el riesgo de contar el final. Es una novela breve, intensa, escrita con la pulcritud y sobriedad que ya Felipe Reyes ha demostrado en sus libros anteriores (Nascimento, el editor de los chilenos y Migrante). Pero lo significativo y evidente es que, en el fondo, estamos ante una propuesta que trasciende el mero gesto fotográfico de mostrar o exhibir el comportamiento, origen y ética del lumpen. Lo que se nos propone es una realidad, la historia nacional en definitiva, lo que la dictadura significa y significó en carne y hueso. Corte puede leerse en ese sentido como la cuita de nuestra actual sociedad, individualista, discriminadora y criminal. La vergüenza de haber llegado al «pitéate un flaite».
Esta novela sitúa a Felipe Reyes en una posición que se podría parecer a la del periodista o el sociólogo, el comentarista que reflexiona y plantea, ante el flagelo de la delincuencia, nuestra responsabilidad como sociedad. Una reflexión que más de alguien hallará manida, sin peso, porque los propios medios de comunicación son alimentadores de los estereotipos, artífices de la criminalización, cómplices de la banalización del mal y de la perpetuación delstatu quo, etc. A pesar de ello, creo que la posición de Reyes sigue siendo más que válida, valiosa. Quiero decir, una novela como Corte, en un contexto como el actual, es muy probable que sea leída como mucha de la literatura que se produce sobre la marginalidad y la pobreza, desde la taxonomía, desde el nicho académico. Yo mismo he contribuido ahora a eso, al comenzar a referirme a ella desde sus familiaridades o posibles relaciones con una tradición específica. Es una novela «canónica» en ese sentido, que se inscribe muy claramente en el rayado de cancha que supone la «literatura marginal». Pero hago esta caracterización o este gesto de entomólogo porque para pasar al siguiente libro, permite nítido el contrapunto.
Y es que esta reflexión es precisamente lo que mueve en última instancia a Juan Carreño. Porque Budnik se instala en esa meta-referencia, en esa línea de trabajo que no es directamente sobre la pobreza, sino más bien sobre los discursos que hay en torno a la pobreza, sobre cómo se construye un canon de la pobreza. Y por supuesto, en una propuesta de ese tipo, los dardos apuntan al carácter burgués que puede esconderse en el ejercicio del artista, del escritor.
Budnik comienza en la voz de un niño que vive en un tubo de cemento de marca Budnik, abandonado a su suerte en el margen altamente lumpenizado de La Pintana y Puente Alto. Entendemos además que al niño lo están entrevistando, lo graban, lo siguen, alguien está haciendo un film con él. Entonces se nos presentan algunos dibujos atribuidos a ese narrador infante, en lo que constituye un artilugio a la postre gratuito, puesto que cuando pensábamos que la novela se iba a tratar de esa biografía, Carreño rompe el esquema, mete otras voces narradoras y oscurece el relato. Sus marginales se vuelven curiosamente eruditos y poéticos. Nos vamos dando cuenta de que en realidad la novela se trata del Frente ContraCine, una iniciativa de carácter artístico y subversivo, delirante y futurista, que hace evocar a Los siete locos y Los lanzallamas del argentino Roberto Arlt. El delirio y la encriptación se van apoderando de la novela. Los integrantes del Frente ContraCine hablan utilizando la nomenclatura peculiar de todo movimiento proscrito o clandestino, entramos a una atmósfera de reunión secreta. Los barrios o poblaciones son llamadas Interzonas, donde operan las Fuentes de Poder muni-cristianas, juntas de vecinos cooptadas por seguidoras de Felipe Camiroaga. La pandilla de adultos, jóvenes y niños que conforman el Frente ContraCine, se dota de orgánicas y de estrategias. Organizan intervenciones, hacen circular información en clave, y extienden su red de acción micro-guerrillera. Dictan talleres sobre aborto seguro, promueven la evasión en el transporte público, usan bicicletas y roban en supermercados. Deben combatir no sólo al sistema (desde el amor y por amor, hacer volar el Costanera Center), sino que deben protegerse de todos los fascistas y burgueses que hacen charqui y turismo con la pobreza, deben identificar y combatir a los artistas infiltrados que creen que luchan por cambiar el injusto modelo social cuando no hacen más que ser operarios del asistencialismo público y privado. No sirven las niñas que proviniendo de la misma Interzona La Pintana, estudian teatro en una universidad privada para finalmente trabajar como meseras. Esas niñas están muertas.
Nuevamente quiero evitar contar el final, pero es necesario decir algo más para que se entienda por dónde va la novela. Porque Carreño construye ese mundo, ese contexto, valiéndose de un referente de la realidad que conoce bien. Me refiero a la Escuela Popular de Cine de La Pintana, y su evento principal, el FECISO, Festival de Cine Social y Antisocial. Una iniciativa autogestionada y de espíritu claramente libertario que existe desde hace casi 10 años, y de la que Carreño forma parte. Budnik es, en definitiva, una novela sobre esa experiencia. Sobre sus discusiones internas, sobre sus definiciones ideológicas, éticas y estéticas, sobre sus búsquedas políticas.
Dicho esto y volviendo entonces al inicio de estas notas, creo que hay, nítidamente, una propuesta sobre la marginalidad, que en el caso de Carreño busca problematizar justamente los discursos sobre ésta. Y es interesante en ese sentido, anotar que sus libros anteriores, han sido siempre distinguidos y abordados desde ahí, porque Carreño tiene 2 libros de poesía (Compro fierro yBomba bencina) además de un libro de crónicas (Ir a la trinchera) donde ha lucido una singular voz propia, auténticamente marginal como pocas. Al calor de esa búsqueda es que hoy por hoy nadie que lo haya leído diría que Carreño «habla por los sin voz», sino que es uno de ellos. Por eso es que Budnik siendo su primera novela, realiza ese giro: Carreño intenta como un gato de espaldas no seguir siendo uno de los «sin voz», antes que eso le preocupa denunciar a todos los que lo intentan.
Puestas así, Corte de Felipe Reyes puede parecer incluso un friso naturalista al lado del Budnik casi futurista o experimental de Juan Carreño, pero en lo personal, me parece más honesto y menos ambicioso. En cualquier caso, lector, recomiendo sin lugar a dudas la adquisición de cualquiera de ambos libros, apuestas sumamente interesantes de sellos independientes como lo son La Calabaza del Diablo y Cinosargo. Es claro que no podrás encontrar fácilmente estos títulos en las librerías de malls o supermercados, así como es claro que cuando las adquieras te sorprenderá su bajo precio. Pero accederás a un par de novelas que extienden el horizonte y la búsqueda de lo que entendemos por literatura marginal en este Chile de usureros y AFPs que heredamos de la dictadura. Como para preguntarse qué es, qué significa ser pobre hoy en Chile.

Rodrigo Hidalgo: Licenciado en Comunicación Social, Licenciado en Educación y Profesor de Educación Media en Lengua Castellana y Comunicación. Actualmente dirige el Centro Cultural Manuel Rojas y es Coordinador del Área Literatura en Balmaceda Arte Joven. Se ha desempeñado como profesor, periodista, crítico literario, editor y gestor cultural. Es autor de la novela Desafinan con el frío (Ed. La Calabaza del Diablo, 2013).


Fuente Original http://letras.s5.com/mcor010816.html



En palabras de Simmel: “El extranjero nos resulta próximo en la medida en que sentimos que compartimos con él una misma naturaleza nacional, social, profesional o genéricamente humana. Pero también nos resulta distante en la medida en esos mismos rasgos no pertenecen sólo a él y a nosotros sino que son propios de muchas más personas” (Simmel et alia; 2012:25). Es en este juego entre cercanía y distancia donde se produce una tensión específica con el extranjero, la conciencia de compartir lo genérico acentúa al mismo tiempo todo aquello que no se tiene en común, empleándolo como sustrato para la configuración de fronteras simbólicas que trascienden la materialidad de las mismas, “ya no es la línea aduanera, sino el límite de la identidad” (Grimson, 2003)
El estudio de las fronteras  se puede resumir según Grimson, en un doble reconocimiento por un lado las zonas fronterizas además de lugares de cruce y diálogo son también espacios de conflicto, estigmatización, y creciente desigualdad. Por otro y ya desde un ámbito más conceptual, la frontera no se desdibuja al transitarla, más bien persiste como un elemento central en la configuración de la identidad “la comunicación entre dos grupos puede ser el proceso a través del cual esos grupos se distinguen mutuamente” (Grimson, 2003:16).
Existen dos dimensiones relativas a la configuración de identidad por diferencia: una se logra mediante fronteras externas, lo que da como resultado la no-pertenencia a un determinado grupo, la otra se produce mediante fronteras internas, relacionada a la exclusión dentro de un determinado grupo (Simmel 2012; Penchaszadeh, 2008). El libro a presentar,  Letras en movimiento. Recopilación de escritos migrantes en Tarapacá, se origina en la frontera, como realidad fáctica pero también imaginaria construida social y disciplinariamente (Tapia, 2012). En este contexto, la figura del extranjero –inmigrante tensiona el ideario de una identidad colectiva, cerrada, y  “homogénea” que tiende  a erigir el “nosotros” desde la  exclusión, por oposición a ese “otro”, extranjero- ajeno:
“La inmigración sería la que pondría en riesgo de alterar o romper aquella homogeneidad mítica o fundacional, aquella homogeneidad étnica, cultural, religiosa o política, que en realidad nunca existió y que siempre ha estado asociada a posiciones totalitarias y excluyentes” (CeiMigra, 2010-2011:83)
En Chile, estas posiciones son más evidentes debido a la respuesta por parte del Estado a la cuestión migratoria. Durante años se ha operado según la lógica de seguridad nacional y control de flujos migratorios, en el marco de un desfase temporal; debido al desajuste entre la ley de extranjería y el contexto migratorio actual. Las consecuencias asociadas a esta construcción social además de la exclusión e invisibilización de los/as inmigrantes, se traducen en un incremento de actitudes y prácticas racistas y xenófobas por parte de la sociedad de acogida. En palabras de Tijoux quien prologa esta obra “el inmigrante tensiona el imaginario chileno fundado en el proceso identitario de la historia de conflictos políticos y representa negativamente al pobre que ‘quita el trabajo’, al inmigrante que porta el fardo histórico de los negados de Chile y al que amenaza la estabilidad familiar ‘roba maridos’” lo que sin duda repercute en su autovaloración, y lo ubica en un lugar inferior (Tijoux, 2015)
La investigación que desemboca en el libro, se realizó en la Región fronteriza de Tarapacá, caracterizada por concentrar  la mayor proporción de inmigrantes respecto de la población local (9,3%, DEM: 2014), su composición pluriétnica y multicultural producto de su cercanía con Bolivia y Perú,  la migración circular y la infinidad de intercambios que van desde los pueblos aymaras a los diferentes grupos que hoy conforman la sociedad tarapaqueña. Desde aquí se aborda la dimensión artística de la inmigración, una temática poco desarrollada en el ámbito de los estudios migratorios en Chile más bien dirigidos a perspectivas sociodemográficas, ciudadanía y trabajo.
Con el objetivo de “desvelar algunas características no abordadas del sujeto migrante y empleando la escritura como un método de acercamiento a ese otro”, Nanette Liberona y Roberto Bustamante se aproximan a su objeto de estudio, y con ello a la búsqueda de escritores/as  inmigrantes con mayor representatividad en la región, (provenientes de Perú,  Bolivia, Colombia y Ecuador). Mediante técnicas de investigación cualitativas: trabajo de campo etnográfico en primera instancia para identificar a  los “creadores/as” y más tarde entrevistas semiestructuradas para conocer parte de su vida, su experiencia migratoria y afición por el género literario, advierten que existe una construcción territorial en las narrativas de los/as escritores/as inmigrantes, a través de la cual se explican sus acciones en el tiempo y el espacio.
Este material resulta sumamente interesante pues de forma sencilla y creativa contribuye a la   investigación social sobre procesos migratorios cada vez más complejos, al develar información desde un enfoque bidireccional; en atención tanto a la población inmigrada como a la población nativa y al ampliar la mirada en los estudios migratorios considerando la dimensión cultural en la incorporación de los inmigrantes a los contextos receptores.El análisis del discurso de los hablantes – en el apartado que antecede a los escritos- permite conocer la relación que establecen los/as inmigrantes con la sociedad tarapaqueña de acogida, indagar en sus expectativas de reconocimiento cumplidas o fallidas, y asimismo comprender el comportamiento de la población nativa.
Rescatando la experiencia migrante a partir de escritos sinceros y  sentidos, en formato de cuento, poesía, relatos de vida, autobiografía y hasta una canción, el libro logra transmitir al lector las limitaciones materiales pero también simbólicas con las que se encuentra ese otro extraño que vendría a tensionar la identidad nacional que se pretende homogénea. La diversidad de voces materializadas en los escritos revela episodios cotidianos de discriminación y diferenciaciones culturales raciales que dificultan  la convivencia plural en la sociedad. Como lo explica la autora Nanette Liberona: “la movilidad humana se despliega en prácticas socio-espaciales que construyen territorio, por eso la escritura migrante nos puede ayudar a identificar de qué forma ese territorio tarapaqueño va adquiriendo nuevas identidades”.
Los relatos de las y los escritores/as inmigrantes están atravesados por la vulnerabilidad social y económica propia de la condición migrante, distanciado de los afectos, desprovisto de certezas respecto a su bienestar y el de sus familias en origen, y desarraigado, no logra identificarse complacidamente con quien en su momento fue, ni  tampoco con quien es hoy en tierras lejanas, tal como se expresa en el siguiente poema:
“Nadie sabe sobre su vida,
Ni ella misma,
Nadie sabe cómo vive, ni que bocados prueba cada noche
Nadie sabe dónde duerme, ni sobre ¡que! descansa su cabellera roja…
…¡Nadie sabe! ni siquiera ella
Qué hace aquí…y no allá
Allá de dónde ella es”
La Extranjera, Celene Sanchez
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