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Cinosargo


El ojo del lagarto de Vicente Rivera
El ojo parietal

Es este un libro largamente madurado si consideramos la publicación, hace ya cinco años, de la plaquette Ojos de Lagarto, algunos de cuyos textos son parte de esta entrega. Un largo proceso escritural que expresa la paciencia requerida para aguzar bien el ojo. El tiempo largo que se necesita para desplegar una mirada como la que se contiene en estos versos.

Dos o tres breves apuntes de lectura.

Este es un libro de la mirada, decía. A este respecto, me parece significativo que el primer poema del libro se titule Visión. En sus primeros versos se establece el emplazamiento de esta mirada. Un emplazamiento que permite una visión panorámica del espacio, un observador que se ubica en la altura: Parado en la cima del cerro/le dije a mis amigos: Éste es un verdadero bosque/ésta sí que es tierra firme. 

La alusión a Gonzalo Millán en uno de los epígrafes me parece igualmente significativa, tratándose de uno de los poetas chilenos cuya exploración de las relaciones entre la palabra y la imagen ha sido más vasta, más profunda y más productiva. El tono objetivo y distanciado de los textos, el ángulo de cámara con que están capturadas estas visiones, me parece también una influencia perceptible de su trabajo en este libro.

En el mismo sentido podría leerse la relación entre imagen y fotografía planteada en estos textos. Cito el poema Montaje fotográfico en tres actos: ¿El tiempo ha borrado el paisaje de esta foto?/No. el desierto es/la luz que el tiempo no mide. Y en otro pasaje del mismo poema: Las imágenes/de esta fotografía/guardan el silencio/desmesurado/que la distancia/oculta. Creo que todo este libro podría leerse así, como un montaje fotográfico o un documental. Un documental construido con imágenes que guardan el silencio. Una película en negativo. Un intento de capturar lo que en otro poema es definido como Silencio visual. Atrapar eso que es como una musiquilla/o un casi silencio/que hasta podemos respirar.

Nuestro planeta húmedo tiene una sola mancha marrón donde no existe ningún grado de humedad. Es el inmenso desierto de Atacama. Así comienza el guión de una película que, en muchos sentidos, podría vincularse con este libro. Me refiero a Nostalgia de la luz de Patricio Guzmán. ¿Qué es lo que ve el ojo del lagarto? ¿Qué hay en el espacio que abarca su mirada? Esa sola mancha marrón en el planeta. Ese espacio sin ningún grado de humedad. Miremos entonces el Desierto de Atacama/Miremos nuestra soledad en el desierto escribió Raúl Zurita en Purgatorio. Eso es lo que intenta hacer este libro. Mirar el desierto, como lugar y como transcurso.

Atacama es una mancha solar/paisaje del silencio/desparramándose en la arena/ plumazo de viento/en la memoria de los colores/trazo de luz/desintegrado en el tiempo. Este poema que reproduzco íntegro, Prisma, da las coordenadas con que estos poemas cartografían este espacio. Esta mancha solar. La misma mancha marrón vista desde el espacio en el relato de Guzmán. Un paisaje del silencio. Un trazo de luz. Un lugar, la geometría del Locus, que se articula desde esos elementos fundamentales, silencio y luz, tematizados a lo largo de todo el libro. 

En cuanto al tiempo, los durmientes abandonados de una línea donde ya no pasa ningún tren metaforizan la precariedad de la memoria. La erosión a que están sometidos nuestros recuerdos, la historia de un país, tal como el viento y el óxido carcomen las cosas en el desierto hasta hacerlas desaparecer. Escribe Rivera en el poema Durmientes: La distancia conservada/entre un riel y otro/estacada/por vigilantes impertérritos/es suficiente para contar/una historia/de tiempos aquellos/cuando el tren era/un paisaje de todo chile. 

Trenes que ya no corren y estaciones fantasmas como metáforas del olvido. La historia de Chile como esa línea férrea que va cubriendo el polvo. Una imagen que, con un sentido cercano al de estos textos, también desarrolló José Ángel Cuevas en el poema La destrucción de los Ferrocarriles del Estado plantas y materiales cuyos versos finales dicen: Esos míseros vagones del llamado Expreso/cubiertos de moho asientos rotos/baños sucios/roña, carroña. Aúllan los rieles y saltan entre Temuco/y Puerto Montt/Perquenco / Antilhue / sus ríos/sus cerros de trigo y árboles/ERA CHILE EL QUE PASABA POR SUS VENTANAS ABIERTAS./Y ya no pasa. En el largo trazado ferroviario que es nuestra geografía, hacia el norte como constata Rivera o hacia el sur como en este poema de Cuevas, Chile es ese tren que ha dejado de pasar y probablemente nunca volverá a hacerlo.

Un último apunte. El desierto en este libro no es un espacio estéril, no es un erial. Por el contrario, en varios pasajes se habla de su fertilidad, de su poder genésico. Vuelvo a Visión, el poema que abre el libro: Éste es un verdadero bosque/ésta si que es tierra firme,/aquí hay que tirar semillas/y echar raíz./Aquí todo crece…/pero hacia adentro. El desierto como un bosque. Como un campo de sembradío. Un espacio donde el sol, tal como escribió Gonzalo Rojas, es la única semilla. O el único fruto, como dice este bello poema de Vicente Rivera, Sol: Fruto único en el desierto/naranja que crece/y se desgaja/en ácidas lenguas/de luz y calor/sobre el lomo/de viejos reptiles enterrados/bajo formas/de cerros y dunas.

Vuelvo al texto de Zurita: Y si los desiertos de atacama fueran azules todavía/podrían ser el Oasis Chileno para que desde todos/los rincones de Chile contentos viesen flamear por/el aire las azules pampas de Desierto de Atacama. El desierto convertido en un oasis. En un bosque que crece hacia adentro. Para ver eso, los viejos reptiles enterrados que somos, tendríamos que aprender a mirar de nuevo. Desarrollar el tercer ojo que tienen algunos reptiles y lagartos. El ojo parietal. Tal como nos propone este libro, abrir el ojo de la imaginación. Mirar nuestra soledad en el desierto. Pero también ser capaces de ver, aún a lo lejos pero ya divisables, el oasis, el bosque, las pampas azules flameando en el aire. 

Valparaíso. Mayo de 2015

El ojo del lagarto
Vicente Rivera
Poesía
Editorial Cinosargo
Arica. 2015



Ojos de ermitaño: “El ojo del lagarto”, de Vicente Rivera.


Fuente: http://colera.cl/?p=1367

 Por Patricio Contreras Navarrete.

Muchos aún creen que la antítesis de la comunicación es el silencio, la nada, la mudez, y claramente no es así. Hay un lenguaje inmanente a todo que nos permite leer símbolos incluso en el vacío, en lo no dicho, en lo silencioso. Eso nos permite encontrar sentido en imágenes sin letras o en palabras borradas, por ejemplo, comunicándonos con ellas y su mensaje silente; y es precisamente eso lo que le permitió al presente autor escribir sobre el desierto, sobre lo que algunos no ven o prefieren evitar.
El ojo del lagarto es el primer libro de Vicente Rivera, poeta de Copiapó que antes ya había compartido su trabajo en algunas publicaciones dispersas y en su plaquette Ojos de lagarto (2010), la cual forma parte de esta edición, que está a cargo de Ediciones Cinosargo. Sus obsesiones giran en torno al desierto de Atacama y los parajes del Norte Grande, siendo sus materias primas la soledad, el silencio y la luz, con las que crea una poética contemplativa que recorre lo desértico con total minuciosidad.
“Atacama es una mancha solar / paisaje del silencio / desparramándose en la arena” (6), señala el autor en uno de los poemas que abren el conjunto, situándonos en un terreno prácticamente despoblado, de sombras que oscilan contra la luz, animales que casi no se mueven y una vida que parece brillar por su ausencia.
De hecho, los cincuenta y dos poemas que componen este libro se suceden uno tras otro con escasas diferencias, creando un ritmo llano y seco como el desierto mismo, generándonos la sensación de que miramos variaciones casi imperceptibles sobre la misma fotografía, la cual sólo puede admirarse con ojos de ermitaño.
Sin esa mirada, sin ese interés, lo que se encontrará es un vacío similar a la muerte, y no se podrá valorar el ejercicio. Porque Rivera se introduce en los fuelles del desierto más árido del mundo, atento, mezclándose con él como un lagarto sobre las piedras, definiendo su drama en medio de “vestigios arqueológicos / de un pueblo que se esfuma / entre la arena y el viento, / el paisaje de una foto velada / a la luz de nuestros tiempos” (24). Y es justamente en la soledad de este misterio, en el vacío de estas ruinas persistentes, donde el hablante se interna a fotografiar, a leer en la arena el transcurso del tiempo que avanza casi sin dejar rastros.
Es necesario aclarar que la alusión a la fotografía no es gratuita, ya que el mismo Rivera señala más adelante: “La palabra es / el obturador / del silencio” (27), revelando así, explícitamente, su vocación observadora, su fijación por la manera muda en que se mueve lo vivo entre las soledades del desierto, su preocupación por esos detalles que va apuntando en sus versos.
El ojo del lagarto contiene poemas que sólo podría escribir alguien que ha vivido allí, que se queda en estos lugares aunque todo lo que hay a su alrededor se oxide y se desmorone, y quizá ese es su pequeño triunfo. Porque puede que muchos lectores pasen de largo por este libro, como pasan de largo los turistas que van al Norte Grande en busca de playas agradables, evitando los surcos memoriales del desierto de Atacama. Pero lo disfrutarán quienes se internen en él como lo haría un ermitaño, fijándose en detalles como los descritos por Rivera en el siguiente poema, titulado “Flor de cactus”: “[...] en la punta del silencio / cuelgan gotas de camanchaca / pequeños espejismos estelares / que filtran los colores de la luz / describiendo la distancia / que tarda el silencio / en regar de colores la memoria” (51). Eso es lo que hay que leer; ante ello es necesario detenerse.


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